¿Alguna vez terminaste un ejercicio más cansado que cuando empezaste? A muchos les pasa. Se esfuerzan, se mueven correctamente, siguen la rutina… pero olvidan algo que da vida a cada movimiento: la respiración.
En el Tai Chi y el Qi Gong existe un principio tan sencillo como poderoso: inhala al abrir, exhala al cerrar.
Parece un detalle pequeño, pero cambia por completo la forma en que el cuerpo utiliza su energía.
Piensa en una flor. Cuando se abre, recibe la luz, el aire y la lluvia. Cuando se cierra, protege lo que ha recibido. Nuestro cuerpo hace algo parecido.
Cuando abres los brazos, expandes el pecho o elevas el cuerpo, es el momento de inhalar. Estás creando espacio para que entre aire, oxígeno y Qi, la energía vital de la que habla la Medicina Tradicional China.
Cuando cierras los brazos, abrazas el centro, bajas las manos o concluyes el movimiento, es momento de exhalar. No solo sale el aire; también permites que el cuerpo libere tensión, rigidez y esfuerzo innecesario.
Aquí aparece un error muy común.
Muchas personas intentan controlar cada respiración con tanta fuerza que terminan tensando el cuello, los hombros y el abdomen. En lugar de relajarse, se bloquean.
El objetivo nunca es forzar.
La respiración debe acompañar al movimiento como una sombra acompaña al cuerpo: siempre presente, pero sin llamar la atención.
Con la práctica, ocurre algo maravilloso.
El movimiento empieza a dirigir la respiración y la respiración comienza a dirigir la mente. Poco a poco desaparece esa sensación de estar “haciendo ejercicio” y aparece algo mucho más profundo: la sensación de fluir.
Hoy incluso sabemos que respirar lenta y profundamente favorece la activación del sistema nervioso parasimpático, el encargado del descanso, la recuperación y la relajación del organismo. Es una de las razones por las que muchas personas terminan una sesión de Tai Chi o Qi Gong sintiéndose tranquilas y, al mismo tiempo, llenas de energía.
La próxima vez que practiques, no te preocupes por hacerlo perfecto.
Solo recuerda una idea.
Cuando tu cuerpo se abre… recibe.
Cuando tu cuerpo se cierra… suelta.
Quizá descubras que el verdadero movimiento no ocurre en los músculos, sino en la respiración.
La próxima vez que inhales al abrir y exhales al cerrar, haz una pausa y pregúntate: ¿qué quiero recibir… y qué necesito dejar ir hoy?

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