Hay días en los que uno dice: “Hoy no me sale el Tai Chi”.
Las piernas están duras, los hombros parecen aretes, la respiración anda por su cuenta y la forma que ayer fluía preciosa hoy parece que la estás haciendo después de discutir con el SAT. 😅
Pero quizá el problema no comenzó en el cuerpo.
Dentro del entrenamiento del Taijiquan encontramos una idea muy interesante: Xin, que puede entenderse aquí como la mente asociada al corazón y a la perturbación emocional.
Y esto cambia bastante nuestra manera de entender la práctica.
Porque una cosa es saber qué movimiento quieres realizar y otra muy diferente es el estado interno desde el cual intentas realizarlo.
La fuente lo explica mediante una cadena muy clara:
Xin → Yi → Qi → Li
Xin ocupa una posición de dirección y Yi funciona como su asistente. Cuando Xin decide, Yi se activa. Pero cuando la mente está perturbada, la intención se dispersa; al dispersarse la intención, el Qi también se difunde y ya no puede concentrarse adecuadamente en la fuerza.
Dicho en idioma de cafetería:
si por dentro estás hecho bolas, tarde o temprano el movimiento lo cuenta.
Y seguramente lo has experimentado.
Llegas preocupado a practicar y tu atención brinca de pensamiento en pensamiento.
Estás en Zhan Zhuang… pero también estás pensando en el mensaje que no contestaron.
Haces Chan Si Gong… mientras mentalmente sigues una discusión de hace tres horas.
Comienzas la forma… pero una parte de ti ya está resolviendo mañana.
El cuerpo está en clase.
La mente emocional anda quién sabe dónde.
Por eso entrenar Tai Chi no consiste solamente en memorizar movimientos.
Existe una armonía interna que busca conectar Xin, Yi, Qi y Li: mente, intención, energía/respiración y fuerza.
Aquí aparece una distinción preciosa.
Xin siente y reacciona. Yi dirige.
Yi es descrito en nuestras fuentes como la intención o pensamiento, la mente cognitiva. Es esa capacidad que permite colocar conscientemente nuestra atención y darle dirección al entrenamiento.
Por eso no necesitamos pelear contra las emociones.
La práctica no consiste en decir:
“¡Ya no voy a sentir!”
Eso sería tan práctico como pedirle al agua que deje de mojar.
La cuestión es aprender a reconocer cuándo una emoción está dispersando nuestra intención.
Y ahí el Tai Chi se convierte en algo mucho más interesante que una serie bonita de movimientos lentos.
Se convierte en entrenamiento de la mente.
Cuando practicas lentamente puedes observar postura, estabilidad, equilibrio, coordinación interna y externa y circulación del Qi. La lentitud te da algo muy valioso: tiempo para observarte.
Entonces comienzas a descubrir:
“Estoy levantando los hombros.”
“Estoy conteniendo la respiración.”
“Estoy acelerando.”
“No estoy realmente aquí.”
Y en lugar de regañarte, vuelves.
Vuelves al cuerpo.
Vuelves a la respiración.
Vuelves al movimiento.
Vuelves a Yi.
Una y otra vez.
Quizá por eso una práctica aparentemente sencilla puede terminar enseñándonos algo enorme:
no todo lo que sentimos tiene que dirigir lo que hacemos.
La emoción puede aparecer.
El pensamiento puede aparecer.
La preocupación puede aparecer.
Pero podemos recuperar nuestra intención.
Y cuando Xin deja de dispersarnos, Yi puede recuperar dirección; cuando Yi se organiza, también puede organizarse el Qi y expresarse de manera más integrada en el movimiento.
Así que la próxima vez que tu Tai Chi se sienta raro, antes de corregir veinte veces la postura, pregúntate algo mucho más sencillo:
¿Cómo está mi mente en este momento?
Tal vez ahí comenzó todo.
Porque Tai Chi no solamente nos enseña dónde colocar las manos.
También nos enseña algo bastante más difícil:
dónde colocar la mente.

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